POR: NELSON HURTADO RAMÍREZ
Supervisora Departamental de Educación
“Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir” (Eduardo Galeano)
Galeano describe el miedo global, a la multitud y a la soledad, a lo que fue y lo que será, el miedo de morir y de vivir, el miedo de los que trabajan a perder el trabajo y los que no trabajan de no encontrar nunca trabajo. Estamos y vivimos en “tiempos de miedo” (Bauman, 2018, p.15) y en una sociedad que se produce a través del miedo de los otros, de los de afuera y de los de adentro, que varía en función de los miedos de antes y de los que pueden venir.
En este ensayo se propone hablar sobre los sentidos que docentes y estudiantes de las instituciones educativas de la educación formal nuestro en sistema educativo colombiano dan a los miedos en tiempos de crisis, generados por los desconciertos, desapegos de las familias en la crianza y orientación de sus hijos; de docentes que en estos tiempos no han entronizado cultural y disciplinalmente el modelo de formación en el arte y labor encomiable de ser educador. Los miedos son aquellos con que se enfrentan los sujetos tanto fuera como dentro de la escuela ya la vez motorizan las esperanzas en el mundo en general y en el de la educación caso particular. Si el miedo paraliza, inmoviliza y detiene, aquí sostenemos que también movilizamos, generamos y producimos. La hipótesis central por desarrollar es que a pesar de la incertidumbre y de la desorientación que, muchas veces, parece imperar en la escuela, las contradicciones políticas y normativas, las idas y vueltas, los temores, angustias y pérdidas, nos encontramos con docentes y estudiantes que además de hablar sobre y tener miedos también tienen esperanzas, deseos, sueños y proyectos aún en condiciones que no dejan lugar para ello. Desde los sentidos que ofrecen cotidianamente los estudiantes y los docentes, la escuela continúa siendo un espacio de interpretación e integración de estructuración de proyectos y expectativas de vida. Allí pueden pensar y se piensan recurriendo a sentimientos tales como el amor, la soledad y la angustia que se producen reiteradamente con caminos sin salidas o con las miradas negativas de los otros. Este documento propone caracterizar las tensiones que se encuentran en esos sentidos, en los relatos de sus dificultades y de sus esperanzas dentro y fuera de la escuela.
Los sentidos que aquí se describen son considerados como no individuos ni personales, sino que son las emisiones de las singularidades que son verdaderos acontecimientos trascendentales y que presiden la génesis de los individuos y de las personas. Si estos son quienes experimentan los miedos, es la sociedad la que los construye y genera unos modos de respuesta estandarizada según los diferentes períodos históricos. Por ello los miedos son siempre una experiencia individualmente experimentada, socialmente construida y culturalmente compartida.
El interrogante central fluye por saber cómo y por qué a pesar de vivir en una sociedad en crisis, sin trabajo o con trabajos en cuestión, ya a pesar de existir miedos profundos en estas condiciones, tanto docentes como estudiantes otorgan, conceden valor y utilidad a la escuela, tienen esperanzas en la formación y en el futuro que puede llegar a venir.
¿Qué sucede en la actualidad? Se trata de reflexionar desde la multiplicidad de preguntas, de las posibles transformaciones en el nivel del discurso en el ámbito escolar y cómo esos cambios tienen como estrategia amedrentar, es decir infundir miedo, tomar medidas ejemplificadoras, intimidar. Actuar, como se dice con términos expresivos, sobre la población blanca, que es móvil, disgregable, incierta, y que algún día podría llegar a ser inquietante. Jóvenes desocupados, estudiantes secundarios, estudiantes universitarios. Aquí cobra relevancia la relación crisis, miedos y escolaridad desde esta perspectiva teórica. En todo caso, describir los miedos en la actualidad nos permite comprender los nuevos modos de habitar el mundo en general y la escuela en particular, son expresión de una angustia cultural generalizada que proviene de varios factores, que según Jesús Martín Barbero (2008) se pueden resumir en algunos de ellos:
La existencia de los miedos a los peligros internos y permanentes de la sociedad, como la delincuencia o los crímenes, siguiendo a Michael de Foucault (2018), es una de las condiciones de aceptabilidad del sistema de control. Por tanto, ello explica por qué en los medios de comunicación se conceden tanto espacio como si se trata de una novedad cada nuevo día. Así el miedo se produce y se actualiza en el acontecimiento mismo del ejercicio del poder. De hecho, los regímenes políticos han recurrido al miedo como instrumento de dominación de los grupos privilegiados sobre los relegados con la idea de que una sociedad con miedo es plausible de ser dominada, implica sumisión, exclusión e injusticia.
¿Qué es el miedo? Miedo es incertidumbre de lo porvenir, incluso agudiza el deterioro de los modos de convivencia, se traduce en una degradación acelerada y generalizada del tratamiento de los conflictos entre seres humanos, lleva a desconfiar de todo y de todos, establece un amplio campo del sin-sentido, puede expresarse en la incubación de estallidos violentos y lesiones entre los miembros de una comunidad afectada por supuesto la interculturalidad de la escuela.
El miedo es una fuerza que dramatiza las pasiones, que obstaculiza o potencia las formas de actuar, fractura o consolida la confianza, dificulta reconocer al otro ya las relaciones sociales de solidaridad. Se teme a la vejez ya la juventud, al hombre ya la mujer, a la violencia ya la paz, la muerte y la vida, al hambre, las multitudes y las soledades. Vivimos en un mundo que promueve el miedo y los Estados son agentes proactivos que se trasladan en esa nave. Este miedo social justifica la mirada de peligrosidad, principalmente de los jóvenes cuyas familias se acentúan dentro de la línea de pobreza, de ahí que uno de los miedos es justamente no poder controlar las energías de la juventud que opera como telón de fondo tanto fuera como dentro de la escuela.
Desde aquí, sostenemos que la producción de una sociedad del conocimiento con miedos en la actualidad se desarrolla de la mano de los procesos de crisis laboral, económica, política, social y por supuesto educativo. Las crisis nos agitan, nos dislocan, nos empujan, nos sujetan, trastocan nuestra vida, y por si fuera poco, nos hacen sentir culpables de nuestro fracaso. En este marco, los miedos y las incertidumbres de los jóvenes y de los adultos es un dato permanente de la problemática para entender el proceso de desplazamiento de la conflictividad social hacia los mismos individuos. Esos miedos, se despliegan con mayor fuerza en los sistemas educativos de nuestras regiones porque es desde donde hay que dar respuestas a una población que es segunda o tercera generación desocupada y que a la vez posiblemente nunca pueda tener acceso a un empleo estable anunciado y soñado desde las aulas escolares.
En nuestros escenarios escolares, tanto directivos como docentes ostentan miedo de que la inclusión de jóvenes con problemas pueda hacer que estudiantes bien calificados “dejen” la escuela o que algunos padres de familia buenos, comprometidos reaccionen contra la falta de autoridad. Sin duda, el temor a la exclusión en la escuela secundaria, como receta que provienen de los organismos internacionales para los países en desarrollo como los latinoamericanos, se suma a la nave de los miedos den tiempos de crisis. Ello quizás sea una de las principales y permanentes discusiones que acontece en las escuelas, aún más cuando enfrentan cada vez más postulados, exigencias de forma; olvidando de pronto la esencia rigurosa de la escuela: la academia, la cultura, la convivencia.
En el marco de los miedos, las crisis no la deben generar; por el contrario, estas pueden producir unas nuevas realidades a partir de unas nuevas provocaciones de conquista, éxito desde el anuncio anticipado de la creatividad, el crecimiento singular y un mejoramiento en las formas de comunicarnos entre iguales.
Tal como se insiste en este contenido, es entre los miedos y las crisis como se piensa favorablemente en unos nuevos desafíos, retos para cambiar estilos laborales de superación encaminados a unas respuestas de esperanza y acciones de mejora de rumbo a la escuela.
La escolaridad se desarrolla en constante tensión entre los miedos pasados, presentes y futuros. Los miedos dan cuenta de los enfrentamientos más que de los encuentros en el aula. Justamente, la tensión cotidiana es entre ese “hacer lo que quiera “del estudiante y cómo “querés- transmitir el conocimiento” del docente.
Frente a la actual realidad social y educativa, el desafío está puesto en la pregunta por la posibilidad: la posibilidad de vivir, la posibilidad de qué hacer, la posibilidad de producir ciencia, conocimiento que reconozca el lugar de los sujetos no capturados por su negatividad sino por su potencialidad, la posibilidad de conformar identidades. El docente ubica el temor y su superación en el campo de la posibilidad. Pero este grupo de docentes intentan diferenciar los miedos individuales de los colectivos y ubican esos temores en la relación con la impronta en las personas y con sus procesos de formación.
Somos los docentes quienes tenemos el compromiso, seria responsabilidad de desatar, hablarles a los estudiantes sobre la superación de los miedos para cumplir los sueños, luchar sin reparo alguno por conquistar lo que quieren, intentar, enfrentar esos límites, barreras que te impone de afuera (la casa, la familia, la sociedad). El miedo viene asociado a los sueños y desafíos. Si hay algo que caracteriza nuestros tiempos de crisis es, justamente, insistir, luchar por superar los miedos, vencerlos, arriesgarse.
Desde estos sentidos, se abre el debate sobre qué tipo de saberes prevalecen en los estudiantes y cuáles se priorizan en la escuela y cómo se produce la transmisión de esos saberes dentro y fuera del aula atendiendo a cómo los miedos o temores de las épocas que vivimos van calando en nuestras formaciones identitarias. En todo caso, lo que se quiere aquí siguiendo la crítica que realiza el docente es impugnar aquellos discursos y teorías como la del capital humano que piensan sólo el sentido instrumental de la educación, la utilidad social de la formación y por tanto el grado de valoración de los saberes. De esta forma, son los docentes quienes perciben que los estudiantes asumen las pocas garantías que les ofrece la sociedad para su vida, visualizando un camino inestable, un tanto borroso hacia su adultez, marcado por la amenaza de la violencia, el desempleo, la pobreza y el constante bombardeo de las redes y medios de comunicación.
En muchos pasajes de la vida escolar se percibe la carencia de afecto. Los estudiantes van a la escuela inconsciente o conscientemente a buscar eso que les hace falta. No tener confianza con nadie para manifestar sus dificultades; cuando no confiado en sí mismos, denotando inseguridad, desconcierto, incapacidad oral para decir o compartir aquello que les inquieta, que los saca de la zona franca o segura.
Tener miedo, no buscar, no confiar, no ser capaces, estar asustados es lo que caracteriza las fuerzas jóvenes dentro y fuera de la escuela. En los relatos de los jóvenes, los docentes le otorgan un lugar destacado tanto a lo temido como a lo esperado para los sueños y deseos. Y es en este sentido que nos encontramos cotidianamente con estudiantes que expresan lo que quieren y esperan en su futuro. Un esperar que por momentos parezca desesperar, desencantar y por instantes tiene un empuje esperanzador que sorprende.
Los jóvenes no se “limitan” a pensar negativamente su mundo futuro, sino que, también ven sus posibilidades. Nada ni nadie les impide tener esperanzas, sueños, proyectos. A pesar de todos los miedos que circulan por sus alrededores, estas posturas que en la actualidad asumen los jóvenes estudiantes, de diferentes maneras, es sin lugar a duda, una forma de resistir a la idea que la realidad no se discute ni se transforma.
La relación miedos, crisis y escolaridad tienen unas particularidades para explorar y seguir haciéndolo en función de las dinámicas cotidianas que se desarrollan en las escuelas. Ello porque esa relación expresa muchas de las singularidades de las problemáticas escolares actuales, así como de las sociales.
En todo caso la tarea cotidiana que están asumiendo los docentes con sus estudiantes es desalojar esos miedos a través de las improntas que puede tener la escuela, a través de las relaciones y de los procesos de formación que allí se desarrollan como esperanzas y formas de estructurar los sueños venideros para potenciar y posibilitar la construcción de futuros mejores que las condiciones de vida van demarcando.
En este recorrido, se marcan algunas diferencias y semejanzas entre las generaciones. Los jóvenes en mayor medida que los adultos de las escuelas piensan y contextualizan los miedos desde fuera de las instituciones. Otra diferencia entre unos y otros es que los docentes piensan los miedos individuales y colectivos de una manera explícita más que los estudiantes. Sin embargo, si bien nos encontramos con estudiantes que piensan y relacionan los miedos en relación, principalmente a sus propias vidas, también lo hacen relación con los procesos de crisis. Así, los estudiantes como los docentes tratan de desnaturalizar los miedos, las crisis y sus formas de estar en el mundo y en la escuela.
Nhr.


